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El primer verano sin Reta Rock

Publicado el 16 de enero de 2021

Crónicas del mar, quinta entrega. Para leer escuchando Entrañas, de El Plan de la Mariposa.

Por Daniela Barrera · DyL comunicación


Durante once años, la noche de hoy, el tercer sábado de enero, el Anfiteatro se llenó de vecinos, turistas y, sobre todo, músicos y músicas. Sólo un pronóstico de mal clima podía hacer variar la fecha. No había marea que arrasara con el evento del verano. La música flotaba en el aire y fue tan encendido de vida cada uno de esos encuentros que este año, el primero sin el Reta Rock, su ausencia se nota demasiado.

Una vez me crucé a la banda El plan de la mariposa en una estación de subte en Capital, ¿era Facultad de Medicina? no recuerdo, pero creo que era la línea D. Estaban tocando en los andenes y en los vagones. Corría el 2018 y yo me quedé disfrutándolos en silencio, con la fascinación de una auténtica fan que no podía creer que éstos que estaban impregnando de alegría los aires subterráneos eran los pibes y la piba que yo había escuchado por primera vez en el escenario del Reta Rock un par de años antes que lo hiciera el resto de los porteños. Sentía una especie de orgullo local, ¿viste esa sensación en el pecho cuando te evocan un momento de felicidad que sentís que te pertenece? Algo así. Orgullo local. Aunque sólo por ser espectadora, ¡mira lo que provocó el Reta Rock en mí!

Aquella vez del descubrimiento era viernes -una de las excepciones que mencionaba al principio-, era enero y era 2016. Reta había amanecido con un sol espectacular, completos los alojamientos, completos los restaurantes y, luego, la luna llena que ambientaba el paisaje con su mejor luz. Había ánimo de fiesta, ese que hoy tenemos reprimido en las entrañas los que elegimos seguir cuidándonos, porque esta maldita pandemia que aún no termina nos puso en pausa hasta las ganas. Cómo no recordar que la música sonaba alto (contemos para los que no saben: con lo recaudado por la venta de publicidades de los afiches, los organizadores del festival pagaban el sonido que contrataban al mejor de Tres Arroyos, así que sí: ¡sonaba alto y bien!). El que no bailaba comía un chori en las gradas o en su propia reposera, mueble portátil que decora siempre el espacio del anfiteatro retense -no crea usted que solo sirve para la playa-. Volviendo a esa noche: habían tocado unas siete u ocho bandas -Marcia, Seba, Facu y compañía lo sabrán decir mejor-. Para el cierre, planazo: hacían lo suyo los hermanos Andersen. Ni sé qué hora de la madrugada era, ¡pero cómo saltamos! con el Plan de la Mariposa, cuando empezaban a pisar fuerte en la región y andaba dando vueltas un Cosquín Rock, tuvimos primero en Reta a la banda que hoy les hace nota Clarín y Página 12. Y sí, fue en el Reta Rock.

Así que vaya el homenaje a este festival siempre autogestivo, independiente, gratuito, con el apoyo de comerciantes y emprendedores del pueblo y, siempre, recaudando para ayudar a las escuelas locales. Fueron les pibes quienes con la bandera de la música nacional y rioplatense, le dieron a Reta once noches inolvidables.

Quedan los recuerdos de Facu en patas con Arumi en brazos a quien bajaba para subir al escenario a tocar; de Tinto, Iruya y Amarello, labradores y otras mezclas de la familia de músicos y cirqueros dando vueltas sin perderse jamás; de las mamás y papás vendiendo numeritos para la cantina y asando hamburguesas, también veganas, claro. Queda la imagen de bailar con Santi a upa cuando todavía era una pulguita, quedan las palabras de Seba, cuando en una entrevista me contó que en el primer Reta Rock eran tan chicos que la gente todavía no confiaba en ellos, entonces solo tuvieron cuatro bandas: “año a año tuvimos que demostrar que éramos responsables y que cada vez tratamos de que salga mejor”, dijo.

Queda la alegría y la fuerza de cada artista y de cada presentación, como la del año pasado que el Reta Rock entró en escena personificado en la profe de teatro remando y remando contra la corriente de quienes no acompañan y entre chistes y reclamos, diez pibes en bicicleta, varios de ellos hoy madres y padres y una comunidad que quiere seguir celebrando el arte.

Y quedan las ganas, ¡claro que quedan! de que vuelvan a convocar, una vez más, a una fiesta en la que siga soplando “el viento fuerte que viene del mar….”

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